Ómicron es una amenaza, pero no necesitamos más confinamientos en Estados Unidos
Estamos entrando en el tercer año de la pandemia en medio de una situación confusa.
Estados Unidos ha superado con creces el número de infecciones diarias por COVID-19, en comparación con el pico previo del invierno pasado, pero muchos negocios permanecen abiertos, los estadios están repletos y los niños regresan a la escuela. Los titulares de las noticias anuncian que “las infecciones por ómicron parecen ser más leves” que las variantes anteriores. Sin embargo, este podría ser “el peor problema de salud pública de nuestras vidas”.
Esta es la clave para entender las aparentes
contradicciones de nuestra situación actual: el riesgo para los individuos es
bajo, mientras que el riesgo para la sociedad es alto. Las soluciones políticas
que exigen un sacrificio individual alto no funcionarán; en su lugar, debemos
reconocer el agotamiento de la población y proponer estrategias prácticas que
mantengan el funcionamiento de la sociedad.
Las investigaciones
apuntan cada vez más a la conclusión de que la variante ómicron causa una
enfermedad menos grave que las variantes anteriores. Además, la vacunación —en
especial con una dosis de refuerzo— parece brindar una alta protección contra
las hospitalizaciones y la muerte. El tsunami de transmisión viral causará que
muchas personas vacunadas contraigan infecciones posvacunación, pero la gran
mayoría presentará síntomas que estarán a medio camino entre un resfriado leve
y la gripe.
Es por eso que no
es razonable pedirle a las personas vacunadas que se abstengan de realizar
actividades prepandémicas. Después de todo, el riesgo individual para ellas es
bajo y el precio de mantener a los estudiantes fuera de los colegios, cerrar
restaurantes y tiendas, y detener los viajes y el comercio es elevado.
Al mismo tiempo, la dinámica de tener un virus
fuera de control representa una amenaza existencial para la sociedad. Hay
tantos bomberos y personal médico fuera de servicio debido al COVID-19
que Cincinnati tuvo
que declarar un estado de emergencia. Uno de cada seis oficiales de Policía en
la ciudad de Nueva York tuvo síntomas o fue diagnosticado
con COVID-19 la semana pasada. Se han cancelado miles de vuelos, en parte
debido a carencias en el personal por los trabajadores en cuarentena.
| Credit: Ina Fassbender/AFP via Getty |
La situación a la que
se enfrentan los hospitales es particularmente grave. Al menos seis hospitales de Maryland han cambiado a estándares de
atención de crisis, tras señalar el agotamiento de los recursos existentes. El
estado de Nueva York le ha pedido a 32 hospitales posponer las
cirugías programadas electivas que no sean urgentes. Los líderes de nueve
hospitales de Minnesota publicaron un anuncio que comenzaba con la
frase: “Estamos desconsolados. Estamos abrumados”.
Estados Unidos tiene tres opciones para lidiar con
esta oleada. Primero, podríamos volver a imponer las cuarentenas. Si bien
algunos países europeos y asiáticos han elegido este camino, creo que aquí eso
sería imposible. Aunque el confinamiento puede controlar más rápidamente a la
variante ómicron, no existe el apetito político ni el respaldo público para
este nivel de sacrificio colectivo.
La segunda opción es
dejar que la ómicron siga su curso. Existe una corriente de pensamiento que
plantea que la ómicron es tan contagiosa que infectará de cualquier manera a
casi todos, y es mejor contraer esta variante y desarrollar inmunidad
adicional. En lugar de tratar de detenerla, podríamos tratar a la ómicron como
solemos hacerlo con un resfriado común: no aislar a las personas con resfriados, y no
implementar cuarentenas y confinamientos aliviaría la escasez de personal y
mantendría activa la economía. Sin embargo, este camino de propagación
incontrolada empujaría a muchos hospitales al límite, y los pacientes podrían
morir por no tener acceso a atención médica oportuna.
Existe una tercera
opción, que tendría como objetivo salvar nuestros hospitales y al mismo tiempo
minimizar las disrupciones. No necesitamos pedirles a las personas que se
queden en casa, pero deberíamos exigirles que utilicen cubrebocas de alta
calidad en todos los espacios públicos interiores. No es necesario que
cancelemos las concentraciones, pero deberíamos exigir pruebas de vacunación (y
de refuerzos) para poder ingresar a restaurantes, gimnasios, cines y eventos
deportivos que se realicen en espacios cerrados.
La semana pasada, los Centros para el Control y
Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés) anunciaron que
acortarán el período de aislamiento para los infectados con COVID-19 de diez
días a cinco. La medida podría ir aún más lejos, no hasta eliminar los
requisitos de aislamiento para todos sino para reducir o incluso eliminar el
aislamiento y la cuarentena (al tiempo que se exige el uso de cubrebocas de
alta calidad) para quienes trabajan en seguridad pública, transporte, educación
y otros trabajos críticos.
Mientras tanto, debemos
hacer mucho más para proteger a las personas más vulnerables, como garantizar
dosis de refuerzo para residentes y personal de hogares de adultos mayores,
aumentar la producción de anticuerpos monoclonales preventivos para los
inmunodeprimidos y acelerar la aprobación de la vacuna para menores de cinco
años.
El gobierno del presidente Joe Biden debe tomar la
iniciativa y afirmar que está tomando estas acciones por necesidad. Estas no
son las estrategias científicamente más sólidas o eficientes para frenar el
COVID-19, pero son el camino intermedio práctico que equilibra lo que los
estadounidenses pueden tolerar con lo que debemos hacer para evitar el colapso
de nuestro sistema de atención médica.
Esta es nuestra nueva
realidad de aquí en adelante. Es posible que aparezcan oleadas de nuevas
variantes cada año, o incluso cada varios meses. Mientras las vacunas continúen
ofreciendo protección contra enfermedades graves y el riesgo para la mayoría de
las personas siga siendo bajo, nuestro paradigma debe pasar de prevenir
infecciones a detener la devastación social.
Opinión de Leana Wen por Washington Post en Español. Leana S. Wen, es columnista colaboradora del Washington Post que escribe el boletín The Checkup with Dr. Wen, es profesora en la Escuela de Salud Pública del Instituto Milken de la Universidad George Washington y autora del libro "Lifelines: A Doctor's Journey in the Fight for Public Salud." Anteriormente, se desempeñó como comisionada de salud de Baltimore. Gorjeo
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